Gracias al avance exponencial de la tecnología, el número de usuarios de internet en el mundo ha alcanzado los 4.660 millones de personas, lo que representa al 60% de la población mundial, según el informe Digital 2021 realizado por We Are Social y Hootsuite. Es enorme la cantidad de datos que día con día proporcionamos los internautas y lo hacemos en forma gratuita y voluntaria. A las empresas tecnológicas les estamos regalando “petróleo”, pero para nosotros esos datos se vuelven “uranio”.

ALAI (Agencia Latinoamericana de Información) en su edición digital N° 552 publicó artículos de Sally Burch, Javier Tolcachier y Martín Iglesias sobre temas que se desarrollaron en las Jornadas Utopías y Distopías organizadas por El Foro Internet Ciudadana. Aquí se reproducen parcialmente esos valiosos conceptos.

Sally Burch dice: “en la economía digital, los datos, convertidos por algoritmos en inteligencia artificial (IA), se convierten en el factor ordenador de la economía y en la principal fuente de poder y riqueza. Lo que en la época feudal representaba la tierra y, posteriormente, el capital industrial y la propiedad intelectual, hoy son los datos y la IA”

“En su núcleo se ubica un puñado de empresas globales que proveen las plataformas –donde se interconectan los actores en los más diversos ámbitos– y la llamada ‘nube’ (redes de servidores), donde se almacena y procesan los datos. Esta característica, junto a un acceso casi ilimitado a esta información, es lo que otorga un papel decisivo a las empresas tecnológicas en la economía de datos”.

También sostiene que: “bajo el liderazgo de Google/Alphabet y Facebook, se ha establecido el modelo de ‘capitalismo de vigilancia’, que permite a estas empresas registrar y monetizar ámbitos de la vida personal que antes quedaban ajenos al mercado, como las emociones, los hábitos y gustos, y hasta los movimientos corporales y los pensamientos íntimos. Mediante inteligencia artificial, estos datos recopilados son transformados en productos de predicción, que se venden en mercados de futuro del comportamiento. Sus clientes reales no son los usuarios de sus plataformas, sino otras empresas o instituciones que anhelan tener mayor seguridad para sus inversiones o su planificación, sobre la base de predicciones lo más fiables posibles. Y no sólo eso: descubrieron que se obtienen predicciones más certeras al incidir directamente en el comportamiento humano, con técnicas de manipulación para persuadir o presionar hacia conductas que den los resultados esperados (sea un ‘me gusta’, una compra, un voto)”.

Si estas plataformas pueden incidir en el comportamiento humano, entonces “la libertad y la democracia están en serio peligro”.

“El Foro Internet Ciudadana hace hincapié en quién es titular de los derechos económicos primarios sobre un conjunto dado de datos. A falta de reglamentación al respecto, las empresas asumen, por defecto, ser dueñas de los datos que circulan por sus plataformas (con o sin la autorización de quienes los proveen), y ese recurso gratis es la base de su modelo de acumulación, que les genera enormes ganancias”.

“La propiedad individual de quien genera los datos debe contar con garantías absolutas de protección cuando se trata de datos personales íntimos (lo que actualmente está lejos de ser el caso). Es más, esta protección no implica reconocerles un valor económico, ya que nadie debería verse presionado a vender su intimidad”.

Javier Tolcachier sostiene que “las plataformas transnacionales autodenominadas ‘redes sociales’, han instalado un sofisticado aparato de censura global al pensamiento crítico. Todas las redes hegemónicas tienen políticas de contenido o “normas comunitarias”. Si bien la mayor parte de estas disposiciones pueden ser consideradas pilares éticos razonables, como el rechazo a la violencia, al crimen, la discriminación o al abuso y la pornografía infantil, la discrecionalidad absoluta que se arrogan las empresas en su interpretación, convierte a estas normas en censura de hecho”.

“A fin de identificar elementos no acordes con su línea editorial en medio de un gran volumen de publicaciones, todas las empresas han recurrido a la automatización. Algunas herramientas utilizadas a este fin son los filtros de palabras, la detección de mensajes basura, los algoritmos de comparación criptográfica y el procesamiento del lenguaje natural. Sin embargo, el artilugio –que promete resultados con una exactitud cuasi mágica– es en sí limitado y falible, pudiendo facilitar entre otros errores de percepción la censura excesiva”.

“De estas imperfecciones técnicas ha derivado la práctica de contratar cada vez más trabajadores de “moderación de contenido comunitario” (“CCM workers” por su abreviación en inglés, community content moderation worker) para llevar a cabo la ingrata tarea”. La existencia de estos trabajadores y la necesidad de su labor en la cadena de producción de los social media, señala Sarah T. Roberts, “rompe con los mitos confortables sobre el Internet como un espacio de relaciones uno a uno entre el usuario y la plataforma”

“Plataformas como Facebook cuentan con unos 15.000 revisores de contenido, en su inmensa mayoría tercerizados. Otras fuentes, como el Washington Post, sitúan la cifra en 30.000. Unos 10.000 trabajadores escrutan Youtube y otros productos de Google (propiedad de Alphabet Inc.). En el caso de Twitter el número de moderadores se reduce a unos 1.500. TikTok, por su parte cuenta con unos 10.000, muchos de ellos anteriormente activos en Facebook, provenientes de las firmas de outsourcing Accenture, CPL, Hays o Voxpro, según apunta la cadena estadounidense CNBC. A estas normas de restricción, se suman numerosos pedidos por parte de gobiernos de bloquear geográficamente (“geoblocking”, en la jerga) determinados contenidos o a individuos o grupos específicos, a lo que las plataformas han dado respuestas que tanto gobiernos como organizaciones activistas consideran sumamente insatisfactorias. Facebook, sobre todo, pero también Google y Twitter han sido objeto de fuertes críticas y gran cantidad de reclamos por entorpecer la labor de activistas, periodistas o defensores de derechos humanos, en varias ocasiones en connivencia con gobiernos represores.

En la segunda Conferencia de Moderación de Contenido a escala, que tuvo lugar en Mayo de 2018 en Washington (EUA), defensores del derecho a la libre expresión en línea sugirieron tres principios básicos como paso inicial para garantizar transparencia, ecuanimidad y respeto a los derechos básicos de los usuarios: la publicación regular de la cifra de posteos eliminados y cuentas suspendidas o canceladas, la notificación al usuario sobre el motivo específico de la remoción de contenido o la suspensión y la posibilidad de establecer un proceso de apelación por parte del usuario”.

La lógica sobre la que se construye el enorme negocio de publicidad y vigilancia de estas redes, se observa en lo siguiente:

1. Para satisfacer el supuesto interés del usuario y, sobre todo, para vender publicidad al mejor postor, se acopian todas las interacciones y se programa una secuencia personalizada de lo que cada uno ve. Esta sola afirmación delata el carácter absoluto de vigilancia, intromisión y acopio permanente de información sobre la vida íntima de cada persona y sus contactos bajo la débil y engañosa justificación de mostrar “lo que más te interesa”.

2. La duración y frecuencia de la actividad en la aplicación es un importante factor de puntuación positiva en los modelos, induciendo de ese modo la permanencia y dependencia, factor clave en la economía de la atención.

3. La posición del usuario es geo localizada para segmentar ofertas de consumo, lo que debilita la interacción con temas o personas de otras latitudes.

4. El contenido pago es promocionado por encima del compartido de manera gratuita (llamado contenido “orgánico” en algunas redes), tanto en los motores de búsqueda como en las plataformas sociales comerciales. La diferencia entre cuentas publicitarias y usuarios comunes establece en la práctica carriles de distinta prelación, afectando el principio de neutralidad de la red. La supuesta no-ideología es la ideología del lucro, con la que automáticamente se favorecen los relatos de los que invierten, es decir, del poder económico.

5. Las plataformas presumen poder predecir afectos y comportamientos, ofreciendo lo que ellos creen que el usuario quiere ver. En la práctica, formatean el comportamiento colectivo digital según los modelos matemáticos que elaboran, sugiriendo qué, cómo, dónde y cuándo debes publicar de modo de lograr eco.

6. Las redes corporativas “premian” o “penalizan” comportamientos, convirtiéndose en juez y parte de aquello que puede o debe comunicarse.

PARA CONTRARRESTAR

Javier Tolcachier propone posibles vías de acción concreta.

1. Generar poder colectivo sensibilizando a la población frente al abusivo poder centralizado de las TICs.

2. Anidar la soberanía digital en las luchas por la soberanía geopolítica. Acción concertada entre Estado y comunidad y medidas multilaterales entre Estados, para frenar el absolutismo y la ilegitimidad política de estos conglomerados empresariales.

3. Generar tecnología alternativa, útil al desarrollo humano; modalidades tecnológicas de espíritu humanista, que coloquen la dignidad humana en el centro y potencien la solidaridad, la colaboración, la descentralización, etc.

4. Conducta crítica. Pasar de ser materia prima de las corporaciones a sujetos de la internet. La condición necesaria es generar en las personas, los colectivos organizados y los pueblos una actitud crítica frente a las engañosas promesas de las plataformas, que reducen a los seres humanos a materia prima para sus dañinos propósitos de acumulación. Como en cualquier otra esfera, lograr la convicción colectiva para convertirnos en actores centrales de la trama, es ineludible.

Martín Iglesias propone entre otros conceptos:

1. Aprobación de leyes que afirmen el derecho a la privacidad, todas las personas deben tener potestad sobre sus datos previendo mecanismos concretos para su cumplimiento y sanciones para quienes lo vulneren.

2. Se requiere afirmar el carácter público de las tecno-estructuras digitales, como las principales plataformas de interacción y las aplicaciones en la nube, rescatándolas de su actual sometimiento a la propiedad y control de las corporaciones, en toda la cadena.

3. Para evitar profundizar la dependencia  digital, se promueve la posibilidad de legislar para que los datos que se generan en cada país queden almacenados en territorio nacional, donde es aplicable la legislación propia y sus derechos; el derecho de exigir que las grandes empresas extranjeras que ofrecen servicios digitales y usan datos de la población tengan una presencia legal en el país donde brindan estos servicios; la soberanía respecto al cobro de impuestos a los servicios digitales y la soberanía regulatoria en materia de algoritmos y de seguridad informática.

 4. Es necesario que nuestros gobiernos se abstengan de firmar cualquier acuerdo de ‘comercio electrónico’ (como el que se negocia en torno a la OMC) o tratado comercial que coarte estas facultades.   Para reforzar la soberanía tecnológica, los gobiernos deben promover la construcción de infraestructura local/nacional en cada país, mediante el desarrollo y mantenimiento de servidores propios localizados en lo local/regional. Impulsar la reactivación de las instancias de integración regional como espacios de concertación de acuerdos a favor de la soberanía digital y sobre los datos, para que nuestros países tengan mayor poder de negociación con las corporaciones digitales y las tecno-potencias.

ALIENACIÓN

La alienación se define como “la pérdida de la personalidad o de la identidad de una persona o de un colectivo”. El individuo y la sociedad pierden el control de si mismo. Si no hacemos algo, estamos a las puertas de la nueva era, “la edad del tecno-feudalismo” donde los señores tecno-feudales Bill Gates (Microsoft), Jeff Bezos (Amazon), Mark Zuckerberg (Facebook), Larry Ellison (Oracle), Larry Page y Sergei Brin (Google) y Jack Ma (Alibaba) tendrán el poder de los antiguos señores feudales que eran dueños de la vida, hacienda y mujer de sus vasallos, incluido el abuso conocido como el ius primea noctics o derecho de pernada (el privilegio feudal por el que los nobles tenían potestad de pasar la noche de bodas con la mujer de sus vasallos).

Las guerras del futuro (que ya están con nosotros) se darán en el territorio de las mentes.

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